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30 ALWINA PHILIPPI DE KAMMERATH
en una colonia, pensando que Karl, que era tan estrecho de pecho, hachando
leña se fortificaría. Pero la cosecha fue mala y así comenzaron nuestras penurias.
Con mi dinero se compraron alimentos y semillas, mi madre se había informado
que Luis ya no estaba con Wiedemann, así que viajé con ellos a la colonia, donde
Karl había edificado una casa. Mi madre y yo teníamos una pieza arriba, donde
dormíamos sobre paja, y la joven pareja vivía abajo.
A los cinco meses, cuando se acabaron las provisiones y la cosecha volvía
a ser mala, regresamos a Río Grande do Sul. Allí Karl obtuvo un empleo en una
farmacia y mi madre y yo dábamos clases de piano. La señora del Cónsul Löffel
nos pidió que la visitáramos y le encantó mi voz. Löffel y Link tenían el negocio
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más grande de Exportación e Importación de Río Grande, y acostumbraban
comer los patrones con sus empleados en el mismo negocio. Nosotras fuimos
invitadas por la señora Löffel a su casa particular, en el primer piso. Mi madre
había contado a la señora Löffel que yo, cuando cantaba, podría mantener largo
rato un tono; ella me pidió que cantara un tono largo. Los señores que estaban
abajo me escucharon y se pusieron a discutir si se trataba de una flauta o un
violín, pues no creían que una voz humana pudiera mantener tanto tiempo un
tono. El señor Löffel subió para convencerse y me rogó que volviera a entonar
en su presencia, cosa que hice con todo gusto. Después de eso tuve alumnas
y pudimos tomar una habitación agradable.
Al fin regresó Luis, que había renunciado a su empleo en lo de Wiedemann
y había conseguido otro en Pelotas, aunque no como para formar un hogar.
Wiedemann no le había dicho antes de viajar a Europa que pensaba hacerlo su
socio, posiblemente porque todavía no me conocía a mí y pensaría que yo era
una de esas mujeres públicas. Luis tampoco deseaba que yo estuviera en ese
círculo y por eso se había ido a otro punto. Yo estaba muy triste por su aleja-
miento tan largo y hubiese, por amor a él, soportado que las otras mujeres que
a todas tuteaban me hubieran recibido en su medio y no podía entender que, si
ahora eran gente honorable, yo no las pudiera tratar. Evidentemente yo tenía
muy poco conocimiento del mundo y de la gente y por eso descuidé lo más
inmediato, pues cuando llegué a Río Grande do Sul y mi madre me contó que
Luis se había ido de lo de Wiedemann, yo debí de haberle escrito a éste ense-
guida recordándole la promesa que me había hecho en Alemania; tal vez todo
hubiera sido distinto. De todo esto me di cuenta muchos años después.
Una vez que nos hubimos saludado con Luis, le rogué a mi madre que me
dejara a solas con él. Le dije que tratara de trabajar para fundar nuestro hogar,
que yo le esperaría fielmente durante tres años y me saqué el anillo de compro-
miso. Él sacó el revólver y me dijo: "Si me devuelves el anillo me pego un tiro."
"Yo te quiero tanto que solo quería devolverte la libertad por si acaso conocieras
a otra y te enamoraras de ella"; y volví a colocarme el anillo en el dedo.
Así regresó a Pelotas, donde trabajaba con un encuadernador de libros.
Mientras tanto llegó un señor Fretas con una hija, para visitar a otra, casada, que
36 Con estos apellidos se puede documentar por ahora solamente a Jakob Linck (1783-1867),
uno de los primeros inmigrantes alemanes al Brasil que llegó a Río Grande do Sul en 1829 y
vivió en São Leopoldo, donde está su tumba. Era campesino. Familiares de él siguen en la
zona. Véase Herkenhoff & Böbel 2017: 91-92, 93-97.

