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RECUERDOS DE MI NIÑEZ Y JUVENTUD               39



              gustaba el piano, pero aprendió a tocar tan lindo que un día, cuando su padre
              regresó casualmente a la casa, quiso ver quién tocaba tan bien el piano y se
              asombró mucho de que fuera su hija. Él demostró una gran alegría por esto.
              Otra vez esta misma niña, Manuela, me hizo una broma. Cuando llegué para dar
              la lección, el piano estaba cerrado y la madre me dijo que había decidido tomar
              otro profesor para Manuela, pues no adelantaba bien conmigo. Mi estupor fue
              grande y no supe qué contestar, sólo atiné a decir: "entonces llevaré mis libros
              de música, ya que Ud. ha dispuesto eso." Entonces saltó Manuela, me abrazó
              y bailó conmigo por la pieza con gran risa y me dijo que todo había sido una
              broma. La hermana, la señora de Hertz, que había venido de Corrientes y que
              sabía música, se había admirado mucho de los progresos de Manuela y de pura
              alegría habían decidido darme ese susto. Después fue siempre una de mis más
              queridas y aprovechadas discípulas.
                 Otra de mis alumnas, N. Casas, de quien hablé al principio, intervino en un
              concierto y fue muy aplaudida, y un profesor de música me felicitó en el esce-
              nario diciendo que nunca había oído el Trovador , una versión muy difícil y con
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              muchas variaciones, tan bien tocado. Para mí fue una gran satisfacción y alegría.
              Pero también pasé muchas amarguras, especialmente con Pepita Schlieper. Ella
              debía actuar en un concierto acompañando en piano al maestro de violín de sus
              hermanos y, al mismo tiempo, ejecutar algo ella sola. Fui muchas noches a su
              casa para ensayar, y, faltando ocho días, la señora me dijo, que el profesor de
              violín había dicho que su hija no sabía el acompañamiento, y que además no iba
              a permitir que actuara una alumna mía. Como el vestido de fiesta ya estaba listo,
              la alumna fue preparada por otro profesor esos ocho días y obtuvo un gran éxito.
              Así fui sacrificada yo, lo que me  causó gran pena. Si hubiera estado el padre,
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              que estaba en Alemania en ese momento, no hubiera tolerado una cosa así.
                 En aquellos tiempos, en caso de duelo, no se tocaba el piano durante un
              año. Por esa razón dejaron de tomar lecciones cinco alumnas. El golpe que eso
              significó para mí es de imaginar. Pero siempre cuando la fatalidad aprieta, está
              la ayuda cerca. En pocos días recibí seis alumnas nuevas.
                 De Berta tenía buenas noticias. En la escuela de la señora del Pastor Schul-
              ring, llamada de soltera Diesterweg, tenía muchas amigas, se había acostum-
              brado enseguida y, como tenía el carácter tan alegre, estaba siempre dispuesta
              a picardías. Me contó en una carta que durante las clases de canto, el maestro,
              para educar el oído de los chicos, tocaba un tono y preguntaba la nota que era.
              Ella permanecía callada, hasta que un día el maestro le preguntó si ella no tocaba


              en Rosario. Kramer dedica un párrafo a su actuación como miembro de varias asociaciones
              y dice de su actuación como médico "en 1854 participó en la fundación del Hospital de Cari-
              dad. Durante la Guerra del Paraguay se enroló como médico militar voluntario y después de
              la guerra continuó su actividad como médico de la policía y en el Hospital Alemán e Inglés.
              Hertz era miembro del Hospital y en ocasiones presidente del Tribunal de Medicina y del
              Primer Consejo de la Higiene. Fue muy meritoria su actuación médica durante las epidemias
              de cólera en los años 1860 y 1880." (2016: 128-29; trad. ad hoc).
              74    Ópera, estrenada en 1853, de Guiseppe Verdi con libreto de Salvatore Cammarano. Tuvo
              un gran éxito, llegó al Teatro Argentino de Buenos Aires en 1855 y pronto fue representada en
              varias salas de la ciudad. Se aprecia cómo el público de Rosario era conocedor de la música.
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