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22 ESTEBAN BUCH, GERMÁN FRIEDMANN Y ROBERT KELZ
de ser explotado turísticamente. De ahí este interés por pensar una noción
de pacto de silencio que tenga que ver con estrategias textuales, que tenga
que ver con otra dinámica que la de los discursos conspiracionistas. En
1991 los discursos conspiracionistas eran menos, y menos infl uyentes, que
lo que hemos visto proliferar en estos últimos años, no solo en relación con
los nazis, sino el conspiracionismo como modo de discurso, en particular
en los ámbitos de ultraderecha. Eso es un problema mayúsculo a nivel glo-
bal, ¿no? Y por eso para mí es importante explicar por qué mi trabajo está
alejado de eso. Por lo menos en mi intención, y creo también en el resultado
en aquel momento.
Ahora, si todas las comunidades tienen pactos de silencio, yo diría a
un nivel abstracto, probablemente sí. No por nada el libro de Paul Ricoeur
La memoria, la historia, el olvido tiene el término olvido al fi nal. La idea del
olvido está relacionada con la del silencio, pues el propósito, el objetivo de
cualquier pacto de silencio, es provocar olvido, o amnesias de distinto tipo.
Yo estaría dispuesto a seguir esa sugerencia. A la vez creo que hay singu-
laridades en el caso de los nazis, que es la cuestión de la impunidad por
crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad o genocidios, que como
tal no siempre existe en otros lados. Todas las sociedades probablemente
produzcan elaboraciones complejas de memorias y olvidos. Pero es distin-
to cuando además hay responsabilidades criminales como en el caso de
los nazis, me refi ero a los que cometieron actos que se pueden identifi car,
califi car, juzgar y condenar. O como en el caso de los criminales argenti-
nos relacionados con el terrorismo de Estado. Ahí la naturaleza misma de
lo que se está ocultando va más allá de la idea de que la elaboración de
un imaginario colectivo implica olvidos, silencios y amnistías en cualquier
circunstancia.
En cuanto a la frase de Priebke de que el fi nal del nazismo era terrible,
yo creo que su sentido era claramente rendirse a la evidencia de la derrota.
Yo personalmente no le oí, ni creo que él jamás haya expresado, el menor
arrepentimiento personal, ni la menor crítica con respecto al nazismo. De
hecho, su activismo nacionalista durante los años en que él fue presidente
de la comunidad alemana de Bariloche fue lo contrario de una crítica a par-
tir de la toma de conciencia de lo que había sido el Holocausto, por ejem-
plo. Y esto creo que se tradujo de manera muy directa, y muy grave para
la comunidad de Bariloche, en un programa de enseñanza de la historia
alemana en el Colegio Alemán, que retrospectivamente es completamente
escandaloso. Lo resume una declaración que aparece en el documental
Monsieur Priebke, de Cécile Patingre y Graciela Barrault, dos periodistas
francesas que entrevistaron a un hombre, Werner Schad, que fue el director
pedagógico del colegio. Schad explica ahí que en los años en que Priebke
era presidente tenían la política de no enseñar la Segunda Guerra Mundial
para no provocar confl ictos entre los padres y los hijos. Esta es la explica-
ción que da este hombre, y que reivindica como una posición moral. La pa-
labra moral la usa él. Ellos sabían que los padres de una parte de los chicos
que iban al colegio alemán eran pro nazis, y en vez de poner a esos chicos
en contacto con la verdad histórica del nazismo evitaban voluntariamente
el tema para no generar preguntas sobre el rol o por lo menos las opiniones

